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Estudiar en el idioma con el que crecí, con el cual mi corazón piensa

Por Marina Cadaval Narezo




Soy una mujer blanca que creció en la Ciudad de México. Ahí estudié toda mi vida. Cursé la licenciatura en Historia en la UNAM, en la Facultad de Filosofía y Letras en Ciudad Universitaria, la cual me quedaba a unas siete paradas de un microbús que tomaba a tres cuadras de mi casa. Hacía 20-30 minutos cuando mucho. A veces me iba en bicicleta o incluso llegué a caminar cuando quería aprovechar y hacer un poco de ejercicio. Generalmente iba en coche. Tenía opciones. La mía era una vida que, sin ser lujosa, veía yo ordinaria y común de una estudiante de clase media urbana mexicana. Estudiaba en español como lo había hecho toda mi vida -el único idioma con el que crecí, con el cual mi corazón piensa y por lo cual puedo expresarme sin mucha dificultad. Desde que nací tuve de alguna manera garantizado mi camino educativo. Padres profesionistas, educación básica y media en escuelas privadas, instituciones de educación superior públicas y gratuitas como la UNAM a la que entraría si cumplía con la única responsabilidad que tuve siempre: estudiar.


Al terminar la carrera y después de algunos empleos temporales, empecé a trabajar de tiempo completo en lo que en el 2001 fuera la primera iniciativa dirigida a becar a hombres y mujeres indígenas para que realizaran estudios de posgrado: el Programa Internacional de Becas de la Fundación Ford -IFP por sus siglas en inglés- que posteriormente se volvió el Programa de Becas de Posgrado para Indígenas -Probepi- financiado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), ambos administrados por el CIESAS. A lo largo de los casi 15 años que estuve en el IFP-Probepi conocí a mujeres indígenas cuyas trayectorias para acceder a la educación superior me enseñaban una realidad completamente distinta a la que yo había vivido. Sabía, conocía las profundas desigualdades de nuestro país; pero fue hasta ser parte de este proyecto educativo que palpé esas desigualdades. Las sentí. Tenían rostros, miradas, historias de familias y comunidades enteras. Dejaron de ser números para volverse luchas cotidianas, resistencias permanentes. Igualmente eran las de los hombres, pero aquéllas de las mujeres resultaban más complejas y dolorosas.




Historias que marcaron mi vida.


Esas historias y las mujeres que las protagonizaban me hicieron cuestionar muchas cosas. Decidí estudiar de nuevo. Buscar sentido a preguntas cuyas respuestas no podían limitarse a una justificación basada en una desigualdad asumida, casi aceptada. En 2015 hice una maestría sobre Políticas Sociales para el Desarrollo que se volvió doctorado, ambas en el Instituto Internacional de Ciencias Sociales- Universidad Erasmus de Rotterdam, en Holanda. Nunca pensé hacer un posgrado, no estuvo en mis planes de vida hasta que me invadieron preguntas incómodas, esas realidades complejas, esas historias que me intimidaron y enfrentaron a mis privilegios. Desde ellas identifiqué cómo el sistema educativo nos ha tatuado una identidad mestiza a través de libros de texto que hasta hace algunos años repetían como mantras que todos somos iguales, mexicanos. Todos somos mestizos, no hay diferencias. El español nos unifica, nos dignifica. Los indígenas son riqueza cultural, pasado glorioso. La diversidad divide, atrasa.


Al conversar con las mujeres becadas por el IFP-Probepi ese discurso no cuadraba; al contrario, era el que generaba las desigualdades y exclusiones que marcaban sus trayectorias académicas. La mayoría habían llegado a la educación superior enfrentando múltiples obstáculos, desde ir en contra de las expectativas familiares hasta navegar un sistema educativo deficiente, alienante. Para ir a la universidad ‘escogieron’ carreras que se impartían en instituciones en ciudades cerca de sus pueblos, o donde tenían algún familiar o conocido que les diera alojamiento. La mayoría trabajó para pagar sus estudios, el hospedaje, los transportes diarios, sus materiales escolares, la comida con la que pasaban el día. Muchas fueron empleadas domésticas, otras vendían productos en mercados o tuvieron que trabajar de tiempo completo -el mismo que le dedicaban a los estudios. También hubo las que tuvieron más suerte, las que cuyas familias y redes extendidas les permitían apoyarse con más seguridad. ¿Qué había detrás de esas historias de lucha y resistencia constantes?


A partir de esas vidas que acompañé, me he vuelto una mujer en permanente deconstrucción, reflexionando en las historias del México indígena, que no enseñan los libros de texto. Al colaborar y dialogar con mujeres indígenas he entendido a esas desigualdades como producto de un sistema (educativo) colonial y patriarcal, de una estructura social que excluye y oprime. He podido mirar cómo de sur a norte, de Yucatán a Chihuahua, mujeres nahuas, otomíes, mazahuas, choles, rarámuris, mixtecas, zapotecas, zoques, mayas y de casi cada uno de los 68 pueblos originarios que habitan México, comparten, a pesar de su diversidad, una constante doble: el racismo y el sexismo que reproduce no sólo en el sistema académico, sino en las estructuras sociales, en la vida cotidiana. Son mujeres e indígenas. No solamente tuvieron que olvidar o negar su idioma para poder estudiar -aprender de y en un mundo que ha limitado sus oportunidades, que las ha marginado- sino que, en su mayoría, tuvieron que demostrar, justificar que el tiempo invertido en la escuela valía la pena. Todas rompieron -siguen rompiendo- con algo: expectativas, estigmas, miedos. Todas han experimentado exclusiones, desigualdades derivadas de un mundo que inventó las razas para etiquetar y ver en las diferencias una desventaja y no una riqueza.


Estas historias me han permitido acercarme, entender y valorar el trabajo de las mujeres que conocí hace cinco, diez años: actoras sociales y políticas quienes, desde distintos espacios -en sus comunidades, como profesionistas, como esposas, amas de casa, ingenieras, cocineras, madres, hermanas, poetas, luchadoras sociales, abogadas, enfermeras, hijas, comerciantes- aportan conocimientos y acciones necesarias para transformar un mundo que urge sea más justo, amable, respetuoso e incluyente y del que yo, como mujer, deseo ser parte.






Reconocer nuestros privilegios


Para la mayoría de las mujeres indígenas, pues, haber llegado a la universidad no ha estado escrito en su registro de nacimiento como lo estuvo en el mío. ¿Nos debemos sentir culpables? Me preguntaba hace unos días un familiar. No necesariamente, le respondí. Depende de cómo nos posicionamos. Más que culpables, creo, nos toca identificar nuestros privilegios, asumirlos y actuar con y desde ellos. Nos toca reconocer que tener asegurada la educación, poder escoger una carrera, el transporte que te lleve a la escuela, no tener que justificar que quieres estudiar, migrar por opción y no por necesidad, son situaciones de privilegio. Privilegio es también, y sobre todo, poder escribir, hablar, comunicarte en el idioma con el que miras a tus padres, a tus abuelos y por lo que no es necesario decir palabra. Quienes tenemos esas ventajas, considero, debemos usarlas para generar sinergias, coaliciones, valorar y promover la diversidad, construir desde ella. Sólo desde esa diversidad, desde ese poder pensar con y desde el corazón será posible construir ese mundo del que todos nos sintamos parte.


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